Cuando aprendemos lenguas tan afines a nuestra habla materna, como es el caso de nuestro idioma preferido, nos damos cuenta de que todo lo que parece fácil no lo es, y, al contrario, lo que parece difícil es más simple de lo que parecía al principio.
Esto saca a cuento el asunto de los “falsos-amigos“, o sea palabras o construcciones que, como las personas que conocemos en nuestras vidas, nos pueden traicionar y parecer lo que no son. Es un hecho muy frecuente en el aprendizaje de las lenguas afines, por eso es mejor pensar que se trata de un idioma amigo pero distinto, en la mayoría de los casos completamente distinto. Si no pensamos eso, lo que puede suceder es que el entusiasmo inicial por un idioma que se imagina muy fácil, llegados a cierto punto, se extinga porque las dificultades se hacen cada vez más importantes y la falta de entusiasmo, a su vez, puede hacer las cosas más difíciles todavía.
Como digo, si somos turistas podemos ir a España y hablar lentamente italiano, nos entenderán mucho mejor que si nos ponemos a intentar hablar en un español primerizo; igualmente, escuchando un español hablar, despacio, claro, vamos a entenderlo casi todo. Casi. Vamos, lo fundamental para ser turistas y no para hacer discursos metafísicos. Esto pasa porque se trata de dos lenguas afines, parecidas, pero de todas formas rotundamente de dos lenguas distintas si las vamos a estudiar y aprender para hablarlas correctamente y no sólo para hacer turismo.
En lo que se refiere a los géneros de los sustantivos, como en nuestra lengua materna, también en nuestro idioma preferido hay un montón de cosas raras, de excepciones. Lo que pasa es que en nuestra lengua ya no nos damos cuenta de los mecanismos porque los utilizamos de memoria, o de oídas, o sea por haberlos escuchado decir, y muchas veces podemos equivocarnos porque quien imitamos no era precisamente un profesor. Por eso es necesario reflexionar sobre nuestra lengua al aprender una extranjera que también es muy parecida.
Vamos a lo nuestro. Hemos visto las reglas generales para reconocer el género de un sustantivo; entre éstas lo más curioso es el uso del artículo determinado masculino “el” o indeterminado masculino “un” delante de palabras que empiezan por a- tónica y que al revés parecen muy femeninas
el/un agua, el/un águila, el/un alma, el/un arma, el/un hambre, el/un área.
Pues bien, el motivo histórico por el que se utiliza el artículo masculino lo tenéis explicado aquí, como se puede imaginar deriva del latín, pero es importante recordar que se trata de palabras masculinas sólo si se utilizan con los artículos determinados o indeterminados y al singular. Sin embargo si al sustantivo le añadimos un adjetivo, (delante o detrás, o sea antes o después) éste estará al femenino
el/un agua fría, el/un águila pescadora, el/un alma apenada, el/un arma afilada, el/un hambre intensa, un área inmensa.
En cambio la palabra “arte”, que también empieza por a- tónica, entonces también requiere artículos masculinos
el/un arte
a diferencia de los sustantivos precedentes, cuando no está sólo, es ambas cosas, masculino y femenino, según quien lo acompaña.
Si lo empleamos con adjetivos con los que se catalogan las artes, es femenino
arte decorativa, arte poética, arte métrica,
si lo utlizamos al plural es femenino
bellas artes
pero si lo usamos al singular, y si hablamos de los productos, las obras fructo de estas artes tenemos
el arte contemporáneo, el arte abstracto, el arte figurativo.
Bueno, siempre siempre es mejor mirar en el diccionario, para sacarnos de todas las dudas.