El Romanticismo da voz a la crisis que surge del rechazo de un mundo viejo y al súbito intento de ajustarse a un mundo totalmente nuevo.

Como la Sinfonía n° 9 de Beethoven para los contemporáneos del compositor alemán, así los valores románticos representados por una nueva clase burguesa rompieron las reglas de la Ilustración de la antigua nobleza, para traer las pasiones y el genio creador en primer plano sin abandonar la aspiración, aunque sufrida, a lo Divino. El Faust de Goethe que vende el alma al diablo por sed de conocimiento, juventud y poder, es el símbolo de esta nueva humanidad entre el bien y el mal.

El romántico vive la vida como un destierro, una tragedia, algo cuya plenitud es inalcanzable, irrealizable en la realidad. El sentimiento de fracaso que causa la fuga hacia el pasado, lo exótico, hacia el ensueño, también provoca una postura muy crítica, el desarrollo de un subjetivismo muy fuerte, de un sentimiento de rebeldía, de afirmación de la libertad. Claro, es la libertad de la burguesía que sólo quiere aumentar sus negocios, asentar su poder recién adquirido y destruir el absolutismo que sigue presente en los regímenes, no tiene por supuesto el rasgo social que caracterizará la lucha obrera del siglo XX.

El romántico, ya rebelde contra Dios, se rebela pues contra la sociedad y sus leyes anticuadas e injustas, sus corrupciones políticas. Si la rebelión contra la tiranía de Dios la lleva a cabo Satanás, la lucha contra el mundo la emprende el Pirata o el Bandido o el Mendigo, individuos libres, al margen de la sociedad desde que pueden juzgarla y criticarla abiertamente aunque sufriendo directamente las consecuencias de las injusticias que ella produce.

La Canción del Pirata de Espronceda, poeta romántico por antonomasia, con sus tonos grandilocuentes, frente al intimismo porsromántico, antirromántico de la lírica desnuda y libre de Bécquer, es un ejemplo.

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de “¡barco viene!”
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Fuerza del hombre y de la naturaleza, rebeldía ante la sociedad y su sentencia de muerte. Se oyen los tambores leyéndola tanto suenan y resuenan las palabras.

Pues, escuchad la canción, que muy bien la interpreta.